¿Qué pasará con la Ciencia y la Tecnología en Argentina? Opina Hugo Scolnik

El reconocido matemático argentino, fundador del Departamento de Computación de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, comentó el artículo publicado por Gabriel Baum en CanalAR, relación a las conclusiones de una investigación que realizó para la Subsecretaría de Estudios y Prospectiva del MINCYT

EL siguiente es un aporte de Hugo Scolnik, matemática argentino, fundador del Departamento de Computación de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, a la apertura de diálogo propuesta por Gabriel Baum, en su artículo sobre las conclusiones de una pequeña investigación que realizó por pedido de la Subsecretaría de Estudios y Prospectiva del MINCYT a fines del año pasado.

Lo que escribiste (Elecciones 2015. ¿Qué pasará con la Ciencia y la Tecnología en Argentina?) es muy interesante Gabriel, pero agregaría algunos aspectos como ser:

  1. hay un inmenso aparato burocrático que conspira contra el time to market de las innovaciones tecnológicas. Eso no ha cambiado. Es irracional que un investigador tecnológico deba explicitar sus inventos, entrar en un sistema lentísimo, y dejar abierta la puerta para que sus ideas las concrete otro. Muchos inventos latinoamericanos han sido patentados por multinacionales. Es cierto que hubo un cambio muy favorable para el sistema científico luego del desastre menemista, pero sin un cambio profundo de paradigmas en los sistemas de evaluación.

    Históricamente hubo muchos investigadores que recibieron educación estatal gratuita, y subsidios que les permitieron engrosar sus antecedentes, para luego emigrar. En muchos casos se justificaba por persecuciones políticas, etc., pero en otros era simplemente conveniencia personal.

  2. Sigue sin existir el capital de riesgo. El sector privado rara vez asume los riesgos de financiar investigaciones, así  que lo que queda es el Estado que tampoco lo hace como debiera (un ejemplo fue la frustración del Fonsoft que nació como una excelente idea pero se desvirtuó totalmente). Las honrosas excepciones son primordialmente las industrias del software y la de biotecnología pues no podrían exportar sin innovación.
  3. Hay que cambiar radicalmente los sistemas de evaluación de los investigadores. Lo que se sigue priorizando es el  publish or perish,y ese mensaje determina que muchos jóvenes rehuyan el hacer trabajos aplicados porque por mejores que sean nunca van a competir con un papercito en inglés  publicado en el Tombuctu Journal of Research and Development.

    La última vez que fui director del Departamento de Computación de Exactas-UBA lo viví de cerca, pues no se conseguían candidatos para trabajar en aplicaciones “no publicables”.

    El investigador es un laburante como cualquier otro, y lo que mide es su salario de bolsillo. Es lógico que quiera subir en la escala JTP –> Profesor Adjunto —> Profesor Asociado –> Profesor Titular, pero para lograrlo debe publicar muchos papers. En general a nadie le interesa si cumplen una función social o no, e incluso el sistema conspira contra el avance de la ciencia pues los problemas difíciles son evitados porque no permiten publicar mucho en plazos cortos.

  4. El programa de incentivos fue y es una muestra acabada de lo mencionado anteriormente. Cuando se instauró nacieron de la noche a la mañana cientos de “investigadores” dispuestos a cobrar un plus salarial. Hoy en día se cobra con años de retraso, y estoy seguro que un enorme porcentaje de los gastos se consumen en un aparato burocrático destinado a controlar a los incentivados, simplemente contando cuantos papers publicaron, si han tenido o no impacto, etc. Buena parte de los temas “aceptables” se definen en el hemisferio norte, pues las revistas importantes no aceptan en general las investigaciones de contenido “local”.

    Mi propuesta es eliminar el sistema de incentivos, incorporando esa masa de dinero a los sueldos en blanco de los investigadores que hayan sido designados en concursos abiertos, limpios y transparentes. Pero hay que jerarquizar a los trabajos de utilidad para el país, sin dejar de lado a los trabajos teóricos. Pero lo esencial es tener un equilibrio razonable, dado que los países subdesarrollados se caracterizan por “mucha” teoría y “poca” práctica.

  5. Siempre la actitud del Estado ha sido la de suponer que los investigadores son delincuentes hasta que no demuestren lo contrario (a veces lo han sido, sobre todo durante la última dictadura). O sea, primero controlemos y luego hagamos, algo que conspira contra la eficiencia tecnológica pues todo se demora de una manera incompatible con las necesidades de competir en el mundo. Hay que hacer lo opuesto, delegando las responsabilidades en los grupos y/o personas que han mostrado efectividad y calidad, dejando las auditorías para después.
  6. En Suiza hay un método excelente para la creación de empresas de base tecnológica. Representantes del Estado van a las universidades a ver lo que se está haciendo en tesis, etc. Cuando ven algo promisorio invitan a los jóvenes a sumarse a un lugar llamado la “Plaza de la Tecnología”, donde les dan oficinas, equipamiento, asesoramiento legal y comercial, etc. La idea es que los chicos hagan lo que saben hacer, sin pretender que de la noche a la mañana se transformen en gerentes por arte de magia. Esas empresitas serán promovidas por los especialistas estatales, y el día que remontan vuelo los jóvenes deben devolverle al Estado lo que el mismo invirtió, con un interés mínimo. Este esquema funciona muy pero muy bien. No hay que auditar a los chicos ni hacerles llenar cientos de formularios pues inicialmente son emprendimientos estatales.
  7. Hay muy poco trabajo interdisciplinario. Propuse varia veces – inútilmente – que el CONICET organice seminarios donde investigadores cuenten lo que hacen, porque lo hacen, que problemas enfrentan, etc, para escuchar ideas.

    Tuve la  suerte de haber trabajado en la Fundación Bariloche que era muy interdisciplinaria, y tengo anécdotas de cosas increíbles surgidas de la interacción entre científicos dedicados a temas muy distintos (de ahí surgió el Modelo Mundial)

    En general los investigadores prefieren encerrarse en sus munditos de reconocimientos mutuos, algo que es mucho más seguro que exhibirse ante “terceros”. Hay que quitarles esos temores, y mostrarles que pueden llegar mucho más lejos si se abren a ideas no convencionales.

    La interdisciplina puede servir para crear cosas fascinantes y revolucionarias.

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